
La velocidad a la que evoluciona la tecnología de la comunicación humana hace que no exista el presente: vivimos en un continuo futuro que se desvela cada día.
La percepción del espacio y el tiempo se ha transformado; lo que antes era una masa informe, densa y pesada que se movía como un glaciar, ha devenido en un líquido que fluye a una velocidad de vértigo, que se escurre entre los dedos, como el agua…
No es concebible una empresa que presta servicios de consultoría jurídica que no entienda este nuevo lenguaje, con sus reglas de juego explícitas e implícitas: programación en nube, blogosfera, “social media” y red social, posicionamiento web… Términos que se acuñan cada día, con una repercusión y una respuesta social instantánea y masiva… y desde el móvil.
Proteger la intimidad del individuo en este nuevo entorno ampliado a una dimensión mundial se muestra como una corriente contra-globalizadora, pero también como una necesidad imperiosa. Los datos personales están expuestos a la red con unas consecuencias potenciales difíciles de medir. Tener capacidad para proteger la intimidad personal implica, por supuesto, conocimiento, pero sobretodo una constante renovación de contenidos y un observatorio permanente de la red y su jurisprudencia.
